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viernes, 29 de mayo de 2015

COMO CONSTRUIR UNA UTOPÍA


Una utopía, largamente soñada y construida con la participación no sólo de numerosas personas, sino de tantas generaciones en el decurso de los siglos, no puede improvisarse. Es preciso por consiguiente, reencontrar sus bases, continuar sus líneas, rever los caminos, en fin, tener ideas muy claras con respecto a su concreción.

Una de las bases fundamentales es que el Dios de la Biblia siempre trabajó con la utopía de todo un pueblo y de toda la humanidad a través de la historia. La perspectiva tiene que ser universal, sin excluir ninguna cultura, ninguna religión, ninguna oveja del rebaño. Su pueblo tiene que extenderse por toda la olkoumene en una verdadera y amplia  visón ecuménica.

También es evidente que nuestra utopía del Evangelio tiene que ser profundamente libre (se basa en personas libres) y no puede quedar presa en ideología alguna. Las ideologías son el sueño de los algunos grupos de poderosos, no el sueño de los pobres y débiles de Jesucristo y Francisco.

En nuestra época, para tener una perspectiva de pueblo, uno de los principales y primeros puntos que hay que trabajar es de una mejor relación de justicia entre el hombre y la mujer. 
Nuestra fe profesa que Dios ha creado al hombre y a la mujer con la misma dignidad personal y con los mismos derechos, ambos a imagen suya.jpicfranciscanas.blogspot.com
Podemos decir que éste es uno de los signos de los nuevos tiempos, al que tenemos que darle todo el impulso posible, porque sus raíces interiores necesitan ser curadas. La perspectiva de nuestra utopía tiene que aprovechar todas las realidades posibles y alistarse frente a las experiencias negativas y las carencias del pueblo. Debe partir de los débiles. No trabajamos con poderes, sino con personas. Nuestra utopía siempre parte de la Cruz de Jesucristo, que asumió las nuestras….

Uno de los puntos fundamentales que los franciscanos pueden ofrecer al mundo de hoy y de siempre, es el de una comunidad  humana libre de presiones para comprar todo lo que aparece, es decir, una sociedad liberada del consumismo, que es uno de los mayores males que aqueja a nuestra sociedad contemporánea.

Giotto: Francisco renuncia a los bienes paternos
Partiendo del mundo de los desprotegidos, los franciscanos pueden mostrar también que el mundo de los medios de comunicación y el grueso de la opinión pública dirigida es el fruto del dinero, pues ésa es la utopía de los poderosos que, para realizarla, tienen la posibilidad de modificar el mapa de las naciones y dividirlas según sus intereses. Pero los débiles también están construyendo su mundo.  Y no es fácil prever si la gran utopía final va a ser construida con los ingentes recursos  materiales de los poderosos o, con la contribución lenta y con frecuencia más humana de los débiles.[1]

Editado por: Marina Fiiorino Sierra




[1] Corrêa Pedroso J., “Los ojos del espíritu”. Itinerario de Formación a la Contemplación en la Escuela de Francisco y Clara de Asís. Ed. Paulinas

martes, 10 de marzo de 2015

La Eucaristía Como Reactualización De La Obra Salvífica

            Muchos cristianos se acercan todavía hoy a la comunión como si se tratara de un encuentro puramente individual del alma con Cristo. En la concepción práctica y en el sentimiento, la Eucaristía aparece fuertemente desvinculada todavía de su relación elemental con la acción salvadora de Dios que se nos comunica en ella y por ella. En teoría, pero no en la práctica de muchos cristianos, la Eucaristía es la verdadera memoria de la muerte salvadora de Cristo. Para Francisco, “recibir el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo”, significa claramente celebrar la memoria de la Pasión… … …


            Ella es el sacrificio expiatorio perenne, que reconcilia a la humanidad pecadora con Dios. En ella, Dios se une nuevamente al hombre, renovando con él su alianza de amor… … …

            Por este misterio, lo que realiza en nosotros y por nosotros el Padre, Dios,  en su amor sin límites, nos aparta del camino de los pecados, por el que nos alejábamos cada vez más de Él. Por el sacramento del cuerpo y la sangre del Señor somos “trasladados de la muerte a la vida” (Cta Cle 3), porque en la reactualización de la Pasión de Cristo,  nos reencaminamos de nuevo hacia Dios. ¡Ojalá todos los cristianos entendieran cada vez mejor la saludable y santificadora  gracia de Dios que encierra este misterio! ¡Con qué reconocimiento se dejarían ganar y sanar por ella en medio de sus debilidades y miserias!

            De esta salvación  de Dios, que se actualiza en la Eucaristía, Francisco habla más extensamente en la primera parte de su  Carta a todos los fieles: “Y poco antes de la Pasión, celebró la Pascua con sus discípulos; y, tomando el pan, dio gracias, pronunció la bendición, y lo partió, diciendo: “Tomen y coman, esto es mi cuerpo’. Y tomando el cáliz dijo: ‘Esta es mi sangre del Nuevo Testamento, que está derramada por todos ustedes y por todos para el perdón de los pecados’… … …

Fray Cayetano Esser, ofm                                                                   Fray Engelberto Grau, ofm[1]

Editado por: Marina Fiorino Sierra


[1] Fragmento de “RESPUESTA AL AMOR”. EL CAMINO FRANCISCANO HACIA DIOS. CEFEPAL 1981. Colección ALVERNIA N° 1 – Chile



domingo, 30 de noviembre de 2014

EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN CONTEMPLADO CON LOS OJOS DE FRANCISCO DE ASÍS

Todos conocemos la historia de Francisco que en Greccio, tres años antes de su muerte, comenzó la tradición navideña del pesebre.
La importancia del episodio no está tanto en el hecho en sí mismo ni en la espectacular continuación que ha tenido en la tradición cristiana; está en la novedad que revela a propósito de la comprensión que el santo tenía del misterio de la encarnación.
Francisco de Asís nos ayuda a integrar la visión ontológica de la Encarnación, con la más existencial y religiosa. No importa, de hecho, saber solo que Dios se ha hecho hombre;importa también saber que tipo de hombre se ha hecho. Es significativo la forma distinta y complementaria en la que Juan y Pablo describen el evento de la encarnación. Para Juan, consiste en el hecho de que el Verbo que era Dios se ha hecho carne (cf. Jn 1, 1-14): para Pablo, consiste en el hecho de que "Cristo, siendo de naturaleza divina, ha asumido la forma de siervo y se ha humillado a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte" (cf. Fil 2, 5 ss). Para Juan, el Verbo, siendo Dios, se ha hecho hombre; para Pablo "Cristo, de rico que era, se ha hecho pobre" (cf. 2 Cor 8, 9).
Francisco de Asís se sitúa en la línea de san Pablo. Más que sobre la realidad ontológica de la humanidad de Cristo (en la cual cree firmemente junto a toda la Iglesia), insiste, hasta la conmoción, sobre la humildad y la pobreza de esta. Dicen las fuentes, que había dos cosas que tenían el poder de conmoverlo hasta las lágrimas cada vez que oía hablar de ellas:  “la humildad de la encarnación de la caridad de la pasión”[2]. “No recordaba sin lágrimas la penuria que rodeó aquel día a la Virgen pobrecilla. Una vez que se sentó a comer le dijo un hermano que la Santísima Virgen era tan pobrecilla, que a la hora de comer no tenía nada que dar a su Hijo. Oyendo esto el varón de Dios, suspiró con gran angustia, y, apartándose de la mesa, comió pan sobre la desnuda tierra”[3] .
2. La Navidad y los pobres
La distinción entre el hecho de la encarnación y el modo de ésta, entre su dimensión ontológica y la existencial, nos interesa porque arroja una luz singular sobre el problema actual de la pobreza y de la actitud de los cristianos hacia ella. Ayuda a dar un fundamento bíblico y teológico a la elección preferencial por los pobres, proclamada en el Concilio Vaticano II. Si de hecho por el hecho de la encarnación, el Verbo tiene, en cierto sentido, asumido a cada hombre, como decían ciertos Padres de la Iglesia, por el modo en el que ha sucedido la encarnación, él ha asumido, de una forma particular, el pobre, el humilde, el que sufre, hasta el punto de identificarse con él.
Ciertamente, en el pobre no se tiene el mismo género de presencia de Cristo que se tiene en la Eucaristía o en otros sacramentos, pero se trata de una presencia también "real". Él ha instituido este signo, como ha instituido la Eucaristía. Él que pronunció sobre el pan las palabras: "Esto es mi cuerpo", dijo estas mismas palabras también sobre los pobres. Lo ha dicho cuando, hablando de lo que se ha hecho, o no se ha hecho, por el hambriento, el sediento, el prisionero, el desnudo y el exiliado, declaró solemnemente: "Lo habéis hecho a mí", y "no lo habéis hecho a mí". Esto de hecho equivale a decir: "Esa persona realmente rota, necesitada de un poco de pan, ese anciano que moría entumecido por el frío sobre la acera, ¡era yo!". "Los padres conciliares - escribió Jean Guitton, observador laico del Vaticano II - han redescubierto el sacramento de la pobreza, la presencia de Cristo bajo la especie de aquellos que sufren"[5].
El pobre es también él un "vicario de Cristo", uno que toma el lugar de Cristo. Vicario, en sentido pasivo, no activo. No en ese sentido, es decir, que lo que hace el pobre es como si lo hiciera Cristo, si no en el sentido que lo que se hace al pobre es como si se le hiciese a Cristo. Es verdad, como escribe san León Magno, que después de la ascensión, "todo lo que era visible de nuestro Señor Jesucristo ha pasado en las signos sacramentales de la Iglesia"[6], pero también es verdad que, desde el punto de vista existencial, esto ha pasado también en los pobres y en todos aquellos con los que él dijo: "Lo habéis hecho a mí".
Si los cristianos son aquellos que han sido "bautizados en la muerte de Cristo" (Rom 6, 3), ¿quién está más bautizado en la muerte de Cristo que ellos?
¿Cómo no considerarles, en cierto modo, Iglesia de Cristo, si Cristo mismo les ha declarado su cuerpo? Ellos son "cristianos", no porque se declaren pertenecientes a Cristo, sino porque Cristo les ha declarado pertenecientes a si mismo: "¡Lo habéis hecho a mí!" Si hay un caso en el que la controvertida expresión "cristianos anónimos" puede tener una aplicación plausible, es precisamente este de los pobres.
De ello se desprende que el Papa, vicario de Cristo, es realmente el "padre de los pobres", el pastor de este rebaño inmenso, y es una alegría y un estímulo para todo el pueblo cristiano ver cuánto este rol ha sido tomado en el corazón de los últimos Sumos Pontífices y de una forma particular del pastor que se sienta hoy en la cátedra de Pedro. Él es la voz más autorizada que se levanta en su defensa. La voz de los que no tienen voz. ¡Realmente no "se ha olvidado de los pobres"!

3. Amar, auxiliar y evangelizar a los pobres
La primera cosa que es necesario hacer respecto a los pobres, es entonces  romper los cristales aislantes, superar la indiferencia y la insensibilidad. Debemos, como justamente nos exhorta el Papa, “darnos cuenta” de los pobres, dejarnos tomar por una sana inquietud ante su presencia en medio a nosotros, muchas veces a dos pasos de nuestra casa. Lo que debemos hacer en concreto por ellos lo podemos resumir en tres palabras: amarlos, auxiliarlos y evangelizarlos.
Amar a los pobres. El amor por los pobres es una de las características más comunes de la santidad católica. Para algunos santos como san Vicente de Paul, madre Teresa de Calcuta y tantos otros, el amor por los pobres fue incluso el camino a la santidad, su carisma.
Amar a los pobres significa sobretodo respetarlos y reconocerles su dignidad. 
Pero los pobres no merecen solamente nuestra conmiseración, se merecen también nuestra admiración. Ellos son verdaderos campeones de la humanidad. Cada año se distribuyen copas, medallas de oro, de plata, de bronce; al mérito, a la memoria o a los ganadores de torneos. Y quizás solamente porque han sido capaces de correr en una fracción menos de segundo que los otros, en los cien, doscientos, o cuatrocientos metros con obstáculos, o por saltar un centímetro más que los otros, o ganar un maratón o un torneo de slalom.
Y si uno observa los “saltos” mortales, los maratones y los slalom que los pobres son capaces de hacer no sólo una vez, pero durante toda la vida, los resultados de los más famosos atletas nos parecerían juegos de niños. ¿Qué es un maratón respecto, por ejemplo, al que hace un hombre rickshaw de Calcuta, el cual al final de la vida hizo a pie el equivalente a diversas vueltas de la tierra, en el calor tremendo, jalando a uno o dos pasajeros por calles maltrechas, entre baches y pozos, zigzagueando entre los autos para no ser atropellado?
Francisco de Asís nos ayuda a descubrir un motivo aún más fuerte para amar a los pobres: el hecho de que ellos no son simplemente nuestros “similares” o nuestro “prójimo”: ¡son nuestros hermanos! Jesús había dicho: “Uno sólo es vuestro Padre celeste y ustedes son todos hermanos” (cf. Mt 23,8-9), pero esta palabra había sido entendida hasta ahora como dirigida solamente a sus discípulos. En la tradición cristiana, hermano en el sentido literal es solamente quien comparte la misma fe y ha recibido el mismo bautismo.
Francisco retoma la palabra de Cristo y le da un alcance universal, que es aquel que seguramente tenía en su mente también Jesús. Francisco ha puesto realmente “todo el mundo en estado de fraternidad”[9]. Llama hermanos no solamente a sus frailes y a los compañeros de la fe, sino también a los leprosos, los ladrones, sarracenos, o sea creyentes y no creyentes, buenos o malos, especialmente a los pobres. Novedad ésta absoluta, extiende el concepto de hermano y hermana también a las criaturas inanimadas: el sol, la luna, la tierra, el agua y hasta a la muerte. Esta evidentemente es poesía más que teología. El santo sabe bien que entre ellas y las criaturas humanas hechas a imagen de Dios, existe la misma diferencia que entre el hijo de un artista y las obras por él creadas. Pero es que el sentido de fraternidad universal del Pobrecillo no tiene confines.
Al deber de amar y respetar a los pobres, le sigue el de auxiliarlos. Quien nos encamina es san Jacobo. ¿De qué nos sirve tener piedad delante de un hermano o una hermana sin vestidos y sin alimentos si les decimos: “¡Pobrecito, sufres mucho. Ve, caliéntate y sáciate!”, si no le das nada de lo que necesita para calentarse y nutrirse? La compasión, como la fe, sin obras está muerta (cf. Gc 2, 15-17). 
Hoy, sin embargo, ya no es suficiente simplemente la limosna. El problema de la pobreza se ha vuelto planetario. Cuando los Padres de la Iglesia hablaban de los pobres pensaban en los pobres de su ciudad, o al máximo en los de la ciudad vecina. No conocían otra cosa si no muy vagamente. 
Eliminar o reducir el injusto y escandaloso abismo que existe entre ricos y pobres en el mundo es el deber más urgente y más ingente que el milenio que ha concluido hace poco ha entregado al nuevo milenio en el que hemos entrado. Esperamos que no sea todavía el problema número uno que el milenio presente deja en herencia a el sucesivo.
Finalmente, evangelizar a los pobres. Esta fue la misión que Jesús reconoció como la suya por excelencia: “El Espíritu del Señor está sobre mí, me ha ungido para evangelizar a los pobres” (Lc 4, 18) y que indicó como signo de la presencia del Reino a los invitados del Bautista: “A los pobres es anunciada la buena noticia” (Mt 11, 15). No debemos permitir que nuestra mala conciencia nos empuje a cometer la enorme injusticia de privar de la buena noticia a aquellos que son los primeros y más naturales destinatarios. Tal vez, poniendo como excusa, el proverbio que dice "el vientre hambriento no tiene oídos".
Jesús multiplicaba los panes junto con la palabra, más bien antes administraba, a veces durante tres días seguidos, la Palabra y después se preocupaba también de los panes. No sólo de pan vive el pobre, sino también de esperanza y de toda palabra que sale de la boca de Dios. Los pobres tienen el derecho sacrosanto de escuchar el Evangelio en su totalidad, no en la edición abreviada o polémica; el evangelio que habla del amor a los pobres, pero no del odio a los ricos.
4. Alegría en los cielos y alegría en la tierra
Terminamos en otro tono. Para Francisco de Asís, la Navidad no era sólo la oportunidad de llorar sobre la pobreza de Cristo; era también la fiesta que tenía el poder de hacer estallar toda la capacidad de alegrarse que había en su corazón, y era inmensa. En Navidad él hacía locuras literalmente.
 “Quería que en este día los pobres y los mendigos fuesen saciados por los ricos, y que los bueyes y los asnos recibiesen una ración de comida y heno más abundante de lo habitual. Si podré hablar con el emperador -decía- le suplicaré que emane un edicto general, por lo que todos aquellos que tienen la posibilidad, deban esparcir por las calles trigo y cereales, por lo que en un día de tanta solemnidad los pajaritos y particularmente las hermanas alondras tengan en abundancia”[12].
Se convertía como en uno de esos niños que están con los ojos llenos de admiración delante del pesebre. “Durante la función navideña en Greccio, cuenta el biógrafo, cuando pronunciaba el nombre ‘Belén’ se llenaba la boca de voz y todavía más de tierno afecto, produciendo un sonido como el balar de la oveja. Y cada vez que decía ‘Niño de Belén’ o ‘Jesús’, pasaba la lengua sobre los labios, casi para disfrutar y retener toda la dulzura de esas palabras”.
Hay un canto navideño que expresa perfectamente los sentimientos de San Francisco delante del pesebre y no es de extrañar si tenemos en cuenta que ha sido escrito, letra y música, por un santo como él, san Alfonso María de Ligorio. Escuchándolo en el tiempo navideño, dejémonos conmover por su mensaje simple pero esencial:
Bajas de las estrellas o Rey del Cielo,
y vienes en una gruta al frío y al hielo…
A ti que eres del mundo el Creador,
faltan vestido y fuego, oh mi Señor.
Querido elegido niñito, cuánto esta pobreza
me inspira amor para ti,
luego que el amor te hizo aún más pobre.
Santo Padre, Venerables Padres, hermanos y hermanas, ¡Feliz Navidad!

Fuente consultada: http://www.zenit.org/es/articles/la-iii-predicacion-de-adviento-a-la-que-asistio-el-papa-y-la-curia-romana
[2] Ib. 30.
[3] Celano, Vida Segunda, 151.
[5] J. Guitton, cit. por R. Gil, Presencia de los pobres en el concilio, en “Proyección” 48, 1966, p.30.
[6] S. León Magno, Discurso 2 sobre la Ascensión, 2 (PL 54, 398).
[9] P. Damien Vorreux, San Francisco de Asís, Documentos, París 1968, p. 36.
[12] Celano, Vida Segunda,  151.

miércoles, 25 de junio de 2014

“Todo árbol bueno produce frutos buenos”





En una civilización paradójicamente herida de anonimato y, a la vez obsesionada por los detalles de la vida de los demás, impudorosamente enferma de curiosidad malsana, la Iglesia necesita la mirada cercana para contemplar, conmoverse y detenerse ante el otro cuantas veces sea necesario. En este mundo los ministros ordenados y los demás agentes pastorales pueden hacer presente la fragancia de la presencia cercana de Jesús y su mirada personal. La Iglesia tendrá que iniciar a sus hermanos —sacerdotes, religiosos y laicos— en este «arte del acompañamiento», para que todos aprendan siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro (cf. Ex 3,5). Tenemos que darle a nuestro caminar el ritmo sanador de proximidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana… 

Más que nunca necesitamos de hombres y mujeres que, desde su experiencia de acompañamiento, conozcan los procesos donde campea la prudencia, la capacidad de comprensión, el arte de esperar, la docilidad al Espíritu, para cuidar entre todos a las ovejas que se nos confían de los lobos que intentan disgregar el rebaño. Necesitamos ejercitarnos en el arte de escuchar, que es más que oír. Lo primero, en la comunicación con el otro, es la capacidad del corazón que hace posible la proximidad, sin la cual no existe un verdadero encuentro espiritual. La escucha nos ayuda a encontrar el gesto y la palabra oportuna que nos desinstala de la tranquila condición de espectadores. Sólo a partir de esta escucha respetuosa y compasiva se pueden encontrar los caminos de un genuino crecimiento, despertar el deseo del ideal cristiano, las ansias de responder plenamente al amor de Dios y el anhelo de desarrollar lo mejor que Dios ha sembrado en la propia vida.




Papa Francisco 
Exhortación apostólica “Evangelii Gaudium / La alegría del Evangelio” §169, 171 (trad. © copyright Libreria Editrice Vaticana) 
Editado por: Marina F. Sierra

lunes, 9 de junio de 2014

El Papa en la misa de pentecostés explica la luz que nos da el Espí­ritu

Ciudad del Vaticano,  (Zenit.org) Redacción | 3128 hits

Este domingo de Pentecostés, el santo padre Francisco presidió en la basílica de San Pedro la santa misa, concelebrada con cardenales y obispos.

Una solmene eucaristía que vio también las ceremonias de la bendición del agua, el canto del Ven Espíritu Creador, el Aleluya, y el color rojo vivo de los paramentos como otra de las expresiones de esta festividad.
En su homilía el santo padre dijo:
“Todos fueron colmados por el Espíritu Santo”.
Hablándole a los apóstoles en la Última Cena, Jesús dijo que después de su partida de este mundo les habría enviado a ellos el don del Padre, o sea el Espíritu Santo. Esta promesa se realiza con potencia en el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo desciende sobre los discípulos reunidos en el Cenáculo. Aquella efusión, además de extraordinaria, no se quedó única y limitada a aquel momento, pero es un evento que se ha renovado y todavía se renueva. Cristo glorificado a la derecha del Padre sigue realizando su promesa, enviando en la Iglesia el Espíritu Vivificante, que enseña, nos recuerda y nos hace hablar.
El Espíritu Santo nos enseña: es el Maestro interior. Nos guía por el camino justo, a través las situaciones de la vida. Él nos enseña el camino, la vía. En los primeros tiempos de la Iglesia, el Cristianismo era llamado “el camino” y Jesús mismo es la vía.
El Espíritu Santo nos enseña a seguirlo, a caminar en sus huellas. Más que un maestro de doctrina, Espíritu es un maestro de via. Y de la vida hace parte también el saber, el conocer, pero dentro del horizonte más amplio y armónico de la existencia cristiana.
El Espíritu Santo nos recuerda todo lo que Jesús ha dicho. Es la memoria viviente de la Iglesia. Y mientras nos hace recordar, nos hace entender las palabras del Señor.
Este recordar en el Espíritu y gracias al Espíritu, no se reduce a un hecho recordativo, es un aspecto esencial de la presencia de Cristo en nosotros y en la Iglesia. El Espíritu de verdad y de caridad nos recuerda todo lo que Jesús nos ha dicho, nos hace entrar siempre más plenamente en el sentido de sus palabras.
Todos nosotros hemos tenido esta experiencia, un momento, alguna situación en la que nos viene otra [inspiración], y se relaciona con una frase de la Escritura. Es el Espíritu que nos hace realizar este camino, el camino de la memoria viviente de la Iglesia.
Esto nos pide una respuesta: más nuestra respuesta es generosa, más las palabras de Jesús se vuelven en nosotros vida, y se vuelve actitudes, gestos, testimonio. En sustancia el Espíritu nos recuerda el mandamiento del amor y nos llama a vivirlo.
Un cristiano sin memoria no es un verdadero cristiano: es un hombre o una mujer prisionera del momento, que no sabe hacer tesoro de su historia, no sabe leerla y vivirla como historia de salvación.
En cambio con la ayuda del Espíritu Santo, podemos interpretar la inspiración interior y los hechos de la vida a la luz de las palabras de Jesús. Y así crece en nosotros la sapiencia de la memoria, la sapiencia del corazón, que es un don del Espíritu. Que el espíritu santo reviva en nosotros la memoria cristiana.
En ese día con los apóstoles estaba la mujer de la memoria, aquella que en el inicio meditaba todas estas cosas en su corazón. Era María nuestra madre, que Ella nos ayuda en este camino de la memoria.
Y el Espíritu Santo nos enseña, nos recuerda --es otro aspecto-- nos hace hablar, con Dios y con los hombres. No hay cristianos mudos, mudos de alma, no hay lugar para esto.
Nos hace hablar con Dios en la oración. La oración es un don que recibimos gratuitamente; es diálogo con Él en el Espíritu Santo, que reza en nosotros y nos permite de dirigirnos a Dios llamándolo Padre, Abbá. Y esto no es solamente un modo de decir, pero es la realidad: nosotros somos realmente hijos de Dios. 'De hecho todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los hijos de Dios'.
Nos hace hablar en el acto de fe. Nadie de nosotros puede decir: 'Jesús es el Señor', lo hemos escuchado hoy, sin el Espíritu Santo.
Y el Espíritu nos hace hablar con los hombres en diálogo fraterno. Nos ayuda a hablar con los otros reconociendo en ellos a los hermanos y hermanas; a hablar con amistad, con ternura, con mansedumbre, entendiendo las angustias y las esperanzas, las tristezas y las alegrías de los otros.
Además el Espíritu Santo nos hace hablar también a los hombres en el profecía, o sea, haciéndolos 'canales' humildes y dóciles de la Palabra del Señor. La profecía es hecha con franqueza para mostrar abiertamente las contradicciones y las injusticias, pero siempre con mansedumbre e intención constructiva. Penetrados por el Espíritu de amor, podemos ser signos e instrumentos de Dios que ama, que sirve, que dona la vida.
Recapitulando: el Espíritu Santo nos enseña la vía; nos recuerda y nos explica las palabras de Jesús; nos hace rezar y decir Padre Dios; nos lleva a hablar a los hombres a través del diálogo fraterno y nos hace hablar en la profecía.
El día de Pentecostés, cuando los discípulos “fueron colmados por el Espíritu Santo” fue el bautismo de la Iglesia, que nació 'en salida', para anunciar a todos la Buena Noticia.
La Madre Iglesia que parte para servir. Recordemos a esta nuestra otra Madre, que partió con rapidez, para servir; la Madre Iglesia y la Madre María, las dos vírgenes, Madres. Las dos, mujeres.
Jesús había sido perentorio con los apóstoles: no tenían que alejarse de Jerusalén antes de haber recibido desde lo alto la fuerza del Espíritu Santo. Sin Él no hay misión, no hay evangelización. Por esto con toda la Iglesia, con nuestra Madre Iglesia católica invocamos, ¡Ven Espíritu Creador!

jueves, 29 de mayo de 2014

"He querido llevar una palabra de esperanza ¡pero también la he recibido a su vez!

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

En los últimos días, como ustedes saben, peregriné a Tierra Santa. Ha sido un gran don para la Iglesia, y le doy gracias a Dios. Él me guió en aquella Tierra bendita, ¡tierra bendita! que vio la presencia histórica de Jesús y donde se han verificado eventos fundamentales para el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam. Deseo renovar mi cordial agradecimiento a Su Beatitud el Patriarca Fouad Twal, a los obispos de los diversos ritos, a los sacerdotes, a los franciscanos de la Custodia de Tierra Santa. ¡Pero estos franciscanos son buenos! El trabajo de ellos, los que ellos hacen es buenísimo. Mi gratitud se dirige también a la Autoridades de Jordania, de Israel y Palestina, que me acogieron con tanta cortesía, diría también con amistad, así como a todos los que han colaborado para lograr la visita.

1. El propósito principal de esta peregrinación fue conmemorar el 50 aniversario del histórico encuentro entre el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras. Aquella fue la primera vez que un sucesor de Pedro visitó Tierra Santa: Pablo VI inauguraba así, durante el Concilio Vaticano II, los viajes extra italianos de los Papas en la época contemporánea. Ese gesto profético del Obispo de Roma y del Patriarca de Constantinopla marcó un hito en el camino sufrido pero prometedor para la unidad de todos los cristianos, que desde entonces ha logrado avances significativos. Por esto es que mi encuentro con Su Santidad Bartolomé, amado hermano en Cristo, ha representado el punto culminante de la visita. Juntos rezamos en el Sepulcro de Jesús, y con nosotros estaban el Patriarca Greco-Ortodoxo de Jerusalén, Teófilo III y el Patriarca Armenio Apostólico Nourhan, así como arzobispos y obispos de diferentes iglesias y comunidades, autoridades civiles y muchos de los fieles. En aquel lugar donde resonó el anuncio de la Resurrección, sentimos toda la amargura y el sufrimiento de las divisiones que aún existen entre los discípulos de Cristo. Y de verdad esto hace tanto mal, mal al corazón ¡estamos todavía divididos! En aquel lugar donde precisamente ha resonado el anuncio de la resurrección, donde Jesús nos da la vida, ¡todavía nosotros estamos un poco divididos!
Pero, sobre todo, en aquella celebración, cargada de mutua fraternidad, de estima y de afecto, percibimos, fuerte, la voz del Buen Pastor Resucitado, que quiere hacer de todas sus ovejas un solo rebaño; sentimos el deseo de sanar las heridas aún abiertas y proseguir con tenacidad el camino hacia la plena comunión. Una vez más, como lo han hecho los Papas anteriores, yo pido perdón por lo que nosotros hemos hecho para favorecer esta división y pido al Espíritu Santo que nos ayude a sanar las heridas que nosotros hemos provocado a los otros hermanos. Todos somos hermanos en Cristo y con el Patriarca Bartolomé somos amigos, hermanos y hemos compartido las ganas de caminar juntos, de hacer todo lo que desde hoy podemos hacer, rezar juntos, trabajar juntos por el rebaño de Dios, buscar la paz, custodiar la creación. Tantas cosas que tenemos en común. Y como hermanos tenemos que seguir adelante.

2. Otro de los propósitos de esta peregrinación fue el de animar, en aquella región, el camino hacia la paz, que es al mismo tiempo un don de Dios y compromiso de los hombres. Lo hice en Jordania, Palestina, e Israel. Y lo hice siempre como peregrino, en el nombre de Dios y del hombre, llevando en el corazón una gran compasión por los hijos de aquella Tierra ¡que desde hace demasiado tiempo conviven con la guerra y que tienen el derecho de conocer finalmente días de paz!
Por ello insté a los fieles cristianos a dejarse "ungir" con corazón abierto y dócil por el Espíritu Santo, para ser cada vez más capaces de gestos de humildad, de fraternidad y de reconciliación. ¡Humildad, fraternidad, reconciliación! El Espíritu hace posible tomar estas actitudes en la vida cotidiana, con personas de diferentes culturas y religiones, para llegar a ser así "artesanos" de la paz. La paz se construye artesanalmente. No hay industrias de paz. Se hace cada día artesanalmente y también con el corazón abierto para que venga el donde Dios. Por esto, he exhortado a los fieles cristianos a dejarse ungir.
 
En Jordania di las gracias a las Autoridades y al pueblo por sus esfuerzos en la acogida de numerosos refugiados provenientes de las zonas de guerra, un esfuerzo humanitario que merece y requiere el continuo apoyo de la Comunidad internacional. He quedado impresionado por la generosidad del pueblo jordano para recibir a los refugiados, tantos que huyen de la guerra en aquella zona. Que el Señor bendiga este pueblo acogedor, lo bendiga tanto. Y nosotros tenemos que rezar para que el Señor bendiga esta acogida y pedir a todas las instituciones internacionales que ayuden a este pueblo en este trabajo de acogida que realiza. También durante la peregrinación en otros lugares, animé a las Autoridades competentes a que continúen sus esfuerzos para aliviar las tensiones en la zona de Oriente Medio, sobre todo en la martirizada Siria, así como que prosigan con la búsqueda de una justa solución al conflicto palestino-israelí. Por eso invité al Presidente de Israel y al Presidente de Palestina, ambos hombres de paz y constructores de paz, a venir al Vaticano para rezar conmigo por la paz. Y por favor, les pido a ustedes que no nos dejen solos: ¡ustedes recen, recen tanto para que el Señor nos de la paz, nos de la paz en aquella tierra bendita! Cuento con sus oraciones. Recen fuerte en este tiempo, recen tanto para que llegue la paz.
 
3. Esta peregrinación a Tierra Santa ha sido también ocasión para confirmar en la fe a las comunidades cristianas, que sufren tanto, y expresé la gratitud de toda la Iglesia por la presencia de los cristianos en aquella zona y en todo el Medio Oriente. Estos hermanos nuestros son valientes testigos de esperanza y de caridad, "sal y luz" en aquella Tierra. Con su vida de fe y de oración y con la apreciada actividad educativa y asistencial, ellos obran en favor de la reconciliación y del perdón, contribuyendo al bien común de la sociedad.
Con esta peregrinación, que ha sido una verdadera gracia del Señor, he querido  llevar una palabra de esperanza, pero a su vez, ¡también la he recibido! La he recibido de los hermanos y hermanas que esperan "contra toda esperanza" (Rm 4,18), a pesar de tantos sufrimientos, como el de aquellos que han tenido que huir de su propio país a causa de los conflictos; como el de cuántos en diversas partes del mundo, son discriminados y despreciados a causa de su fe en Cristo. ¡Continuemos a estarles cerca! Recemos por ellos y por la paz en Tierra Santa y en todo Medio Oriente. Que la oración de toda la Iglesia sostenga también el camino hacia la plena unidad entre los cristianos, para que el mundo crea en el amor de Dios, que en Jesucristo, ha venido a habitar en medio de nosotros. Y los invito a todos ahora a rezar juntos, a rezar juntos a la Virgen, Reina de la Paz, Reina de la unidad entre los cristianos, la mamá de todos los cristianos: que Ella nos de paz, a todo el mundo, y que Ella nos acompañe en este camino de unidad. (Ave María)...
Fuente: Radiovaticana
 
 

viernes, 23 de mayo de 2014

El Papa pide invocar al don de la fortaleza para “levantar nuestros corazones”



ÁLVARO ESPINOSA (ROMA) | El papa Francisco centró su catequesis del día 14 de mayo celebrada en la Plaza de San Pedro, en “la fortaleza sobre los dones del Espíritu”. El Vicario de Cristo quiso referirse así a aquellos hombres y mujeres que dan testimonio de fe aún a costa de la vida, gracias al don de fortaleza que “infunde el Espíritu Santo”.
Para explicar su importancia ha recordado la parábola del sembrador. Las semillas que caen en la carretera se las comen los pájaros, las que caen entre las piedras se secan, pero solo las que caen en terreno bueno crecen y dan fruto.
El sembrador es el Padre que esparce las semillas de su Palabra, como explicó el Sumo Pontífice:
Las semillas chocan a menudo con la sequedad de nuestro corazón y aunque se acepten, a veces permanecen estériles. Con el don de la fortaleza, en cambio, el Espíritu Santo libera el terreno de nuestro corazón del entumecimiento, de incertidumbres y temores que pueden pararlo, para que la Palabra del Señor se ponga en práctica, de forma autentica y alegre.
El Santo Padre quiso dejar claro que “no debemos pensar que este don es sólo para las circunstancias extraordinarias” ya que también “nos sostiene y fortalece en las fatigas y pruebas diarias, para que nos dejemos llevar por el desaliento y busquemos la santidad en nuestra vida ordinaria”.
Antes de finalizar, el Pontífice ha añadido que “a veces podemos estar tentados por la pereza o peor aún, por el desaliento, sobre todo ante las dificultades y las pruebas de la vida”. En estos casos, el argentino ha declarado que no debemos “perder los ánimos, e invoquemos al Espíritu Santo, para que con el don de la fortaleza levante nuestros corazones dándonos nueva fuerza y entusiasmo en nuestra vida y en nuestro seguir a Jesús”.


Francisco exhortó a pedir a la Virgen que el Espíritu Santo “nos conceda el don de fortaleza, para que sepamos seguir siempre a Jesús con alegría y perseverancia”.

jueves, 22 de mayo de 2014

No existe un cristiano sin Iglesia...sino que "pertenece a un pueblo: la Iglesia"

Francisco en Santa Marta: "No existe un cristiano sin Iglesia"En la homilía de este jueves el Santo Padre pide que pensemos cómo es nuestra identidad cristiana, de pertenencia a un pueblo, a la Iglesia.

Ciudad del Vaticano, 15 de mayo de 2014 (Zenit.org) Redacción 

El Santo Padre ha recordado que no existe un cristiano sin Iglesia, un cristiano que camina solo, porque Jesús mismo se ha introducido en el camino de su pueblo. Lo ha indicado durante la homilía de la misa celebrada esta mañana de jueves, en la capilla de la Casa Santa Marta.
Tomando la primera lectura del día, el Papa ha explicado que los apóstoles cuando anunciaban a Jesús no comenzaban por Él, sino por la historia de su pueblo. De hecho, "Jesús no se entiende sin esta historia", porque Él "es precisamente el final de esta historia, hacia el cual esta historia va, camina".
De este modo -ha continuado el Papa- "no se puede entender un cristiano fuera del pueblo de Dios. El cristiano no es una mónada" sino que "pertenece a un pueblo: la Iglesia. Un cristiano sin Iglesia es algo puramente ideal, no es real". Y ha especificado: "pero, no se puede entender un cristiano solo, como no se puede entender Jesucristo solo. Jesucristo no ha caído del cielo como un héroe que viene a salvarnos, y viene. No. Jesucristo tiene historia. Y podemos decir, y es verdad esto: Dios tiene historia, porque ha querido caminar con nosotros. Y no se puede entender Jesucristo sin historia. Así un cristiano sin historia, un cristiano sin pueblo, un cristiano sin Iglesia no se puede entender. Es una cosa de laboratorio, una cosa artificial, una cosa que no puede dar vida".
El Obispo de Roma ha observado que el pueblo de Dios "camina con una promesa. Esta dimensión es importante que nosotros en nuestra vida tengamos presente: la dimensión de la memoria". Y así lo explica Francisco: "un cristianos es un memorioso de la historia de su pueblo, es memorioso del camino que el pueblo ha hecho, es memorioso de su Iglesia. La memoria... la memoria de todo el pasado... Después, ¿este pueblo dónde va? Hacia la promesa definitiva. Es un pueblo que camina hacia la plenitud, un pueblo elegido que tiene una promesa en el futuro y camina hacia esta promesa, hacia el cumplimiento de esta promesa. Y por esto, un cristiano en la Iglesia es un hombre, una mujer con esperanza: esperanza en la promesa. Que no es expectativa: ¡no, no! Es otra cosa: es esperanza. ¡Adelante! Esa que no decepciona".
De este modo, Francisco ha indicado que "mirando hacia atrás el cristiano es una persona memoriosa: pide la gracia de la memoria, siempre. Mirando hacia adelante, el cristiano es un hombre y una mujer de esperanza. Y en el presente, el cristiano sigue el camino de Dios y renueva la Alianza con Dios. Continuamente dice al Señor: 'Sí, yo quiero los mandamientos, yo quiero tu voluntad, yo quiero seguirte'. Es un hombre de alianza, y la alianza la celebramos, nosotros todos los días" en la misa: es por tanto "una mujer, una hombre eucarístico".
Para finalizar, el Santo Padre ha indicado que nos hará bien pensar cómo es nuestra identidad cristiana. "Nuestra identidad cristiana es pertenencia a un pueblo: la Iglesia. Sin esto, nosotros no somos cristianos. Hemos entrado en la Iglesia con el bautismo: allí somos cristianos. Y por esto, tener la costumbre de pedir la gracia de la memoria, y la memoria del camino que ha hecho el pueblo de Dios; también en la memoria personal: qué ha hecho Dios conmigo, en mi vida, cómo me ha hecho caminar... Pedir la gracia de la esperanza, que no es optimismo: ¡no, no! Es otra cosa. Y pedir la gracia de renovar todos los días la Alianza con el Señor que nos ha llamado. Que el Señor nos dé estas tres gracias, que son necesarias para la identidad cristiana".
(15 de mayo de 2014) © Innovative Media Inc.