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viernes, 27 de junio de 2014

¡Se inaugura una nueva ternura para con la vida!

Camino al 35°Aniversario de la Proclamación de San Francisco de Asís, Patrono de la Ecología (1979-2014)
VOCACION HUMANA A SER CUSTODIOS
(Segunda Entrega)
Lic. Fray Luis Antonio Scozzina ofm
Director del CEFEDER
UCA ROSARIO

II. Dimensión antropológica: El cuidado como modo de ser.
El Papa Francisco incorpora a la visión ambiental del magisterio la categoría del “cuidado” como dimensión del ser y por lo tanto, como una dimensión antropológica constitutiva del ser humano.
El cuidado es aún algo más que un acto, es una actitud, es un modo de concebir lo humano en una integración vital con el “homo faber”. El filósofo que mejor vio la importancia esencial del cuidado, Martín Heidegger, en su famoso “Ser y Tiempo”: Desde el punto de vista existencial, el cuidado se halla en el a priori, antes de toda actitud y situación de lo humano, lo que siempre significa decir que ella se halla en toda actitud y situación de hecho. Quiere decir, el cuidado se encuentra en la raíz primera del ser humano, antes que el haga cualquier cosa… Significa reconocer el cuidado como modo-de-ser esencial, siempre presente e irreducible a otra realidad anterior.
Es una dimensión frontal, originaria, ontológica, imposible de ser totalmente desvirtuada. “Un modo-de-ser no es un nuevo ser. Es una manera que el propio ser se estructura y se da a conocer. El cuidado entra en la naturaleza constitutiva del ser humano. El modo-de-ser cuidado revela de manera concreta como es el ser humano.”
“Sin el cuidado, el deja de ser humano…. El cuidado debe ser entendido en la línea de la esencia humana (que responde a la pregunta: ¿qué es ser humano?. En palabras de Martín Heidegger: cuidado significa un fenómeno ontológico-existencial” Traduciendo: un fenómeno que es la base posibilitadora de la existencia humana en cuanto humana[1]  

1. Ética del “saber cuidar”[2]
“El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén, para que lo cultivara y lo cuidara” (Gn. 2,15). Este texto del Libro de Génesis nos permite recuperar una visión bíblica que estuvo reducida a la visión de dominar y someter la tierra de Génesis 1,26-28 propia de buena parte de la teología de la creación.
 En estas últimas décadas crece seminalmente un nuevo paradigma de la re-ligación, de re-encantamiento por la naturaleza y de compasión por los que sufren, se inaugura una nueva  ternura para con la vida y un sentimiento auténtico de pertenencia amorosa  a la Madre-Tierra. Cuidar es más que un acto; es una actitud. Representa una actitud de ocupación, preocupación, de responsabilización y de compromiso afectivo con el otro.
2. Dos modos de ser en el mundo: el trabajo y el cuidado.
La supremacía de la visión antropológica del hombre como artífice de la acción y de la transformación del mundo y como modo de ser en el mundo por el trabajo se da en la forma de interacción y de intervención. En el ser humano, el trabajo se transforma en un modo de ser consciente y asume el carácter de proyecto de una estrategia con sus tácticas de plasmación de sí mismo y en la naturaleza.
El otro modo de ser-en-el-mundo se realiza por el cuidado. El cuidado no se opone al trabajo más le confiere una tonalidad diferente. Por cuidado no vemos la naturaleza y todo en lo que ella existe como objetos. La relación no es sujeto-objeto, más sujeto-sujeto. Experimentamos los seres como sujetos, como valores, como símbolos que remiten a una realidad fontal. La naturaleza no es muda. Habla y evoca. Emite mensajes de grandeza, belleza, perplejidad y fuerza. El ser humano puede escrutrar e interpretar esas señales.
En el Mensaje de la Jornada Mundial por la paz de 2014[3], el Papa Francisco resalta la necesidad de que el hombre contemporáneo redescubra la actitud de cuidado y respeto de lo creado, cuando afirma: “La familia humana ha recibido del Creador un don en común: la naturaleza. La visión cristiana de la creación conlleva un juicio positivo sobre la licitud de las intervenciones en la naturaleza para sacar provecho de ello, a condición de obrar responsablemente, es decir, acatando aquella “gramática” que está inscrita en ella y usando sabiamente los recursos en beneficio de todos, respetando la belleza, la finalidad y la utilidad de todos los seres vivos y su función en el ecosistema. En definitiva, la naturaleza está a nuestra disposición, y nosotros estamos llamados a administrarla responsablemente.
En cambio, a menudo nos dejamos llevar por la codicia, por la soberbia del dominar, del tener, del manipular, del explotar; no custodiamos la naturaleza, no la respetamos, no la consideramos un don gratuito que tenemos que cuidar y poner al servicio de los hermanos, también de las generaciones futuras”.
Siguiendo la intuición de San Francisco[4] el hombre se coloca a los pies de las cosas, junto a ellas y con ellas se siente unido. No existe, co-existe con todos los otros seres. La relación no es de dominio, de estar sobre, más bien de con-vivencia. No es pura intervención, más inter-acción y comunión. Cuidar es entrar en sintonía con, auscultarles el ritmo y afinarse con ellas. La razón analítico-instrumental abre camino para la razón cordial, el espíritu de delicadeza, el sentimiento profundo. La centralidad no está más ocupada por logos razón, más (que) por el pathos sentimiento.
“…Dar centralidad al cuidado no significa dejar de trabajar y de intervenir al mundo. Significa renunciar a la voluntad de poder que reduce todo a los objetos, desconectados de la subjetividad humana. Significa recusarse a todo despotismo y a toda dominación. Significa imponer límites a la obsesión por la eficacia a cualquier costo. Significa derrumbar la dictadura de la racionalidad fría  y abstracta para dar lugar al cuidado. Significa organizar el trabajo en sintonía con la naturaleza, sus ritmos y sus indicaciones. Significa respetar la comunión que todas las cosas entretejen entre sí y con nosotros.
Significa colocarse junto y al pie de cada cosa que queremos transformar para que ella no sufra, no sea desenraizada de su hábitat y pueda mantener las condiciones de desenvolverse y co-evolucionar junto con sus ecosistemas y con la propia tierra. Significa captar la presencia del Espíritu para que más allá  de nuestros límites humanos, en el universo, en las plantas, en los organismos vivos,….portadores también de sentimientos, de lenguajes y de hábitos culturales semejantes a los nuestros.”[5]

Editado por: Marina Fiorino Sierra   



[1] Leonardo Boff, Saber cuidar. Etica de lo humano – compasión por la tierra., Ed. Vozes, Petrópolis 2011, 33-34
[2] Leonardo Boff, Saber cuidar Etica de lo humano – compasión por la tierra., Ed. Vozes, Petrópolis 2011
[3] Papa Francisco, Mensaje Jornada Mundial de oración por la paz, 2014
[4] San Francisco de Asís, Saludos a las virtudes,16-18 dice: “y está sujeto y sometido a todos los hombre que hay en el mundo; y no sólo a los hombres, sino también a todas las bestias y fieras para que, en cuanto les sea dado de lo alto por el Señor, puedan hacer de él lo que quieran”
[5] Cf. Boff, L. Saber cuidar, Cf. 96-103 
     

miércoles, 25 de junio de 2014

“Todo árbol bueno produce frutos buenos”





En una civilización paradójicamente herida de anonimato y, a la vez obsesionada por los detalles de la vida de los demás, impudorosamente enferma de curiosidad malsana, la Iglesia necesita la mirada cercana para contemplar, conmoverse y detenerse ante el otro cuantas veces sea necesario. En este mundo los ministros ordenados y los demás agentes pastorales pueden hacer presente la fragancia de la presencia cercana de Jesús y su mirada personal. La Iglesia tendrá que iniciar a sus hermanos —sacerdotes, religiosos y laicos— en este «arte del acompañamiento», para que todos aprendan siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro (cf. Ex 3,5). Tenemos que darle a nuestro caminar el ritmo sanador de proximidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana… 

Más que nunca necesitamos de hombres y mujeres que, desde su experiencia de acompañamiento, conozcan los procesos donde campea la prudencia, la capacidad de comprensión, el arte de esperar, la docilidad al Espíritu, para cuidar entre todos a las ovejas que se nos confían de los lobos que intentan disgregar el rebaño. Necesitamos ejercitarnos en el arte de escuchar, que es más que oír. Lo primero, en la comunicación con el otro, es la capacidad del corazón que hace posible la proximidad, sin la cual no existe un verdadero encuentro espiritual. La escucha nos ayuda a encontrar el gesto y la palabra oportuna que nos desinstala de la tranquila condición de espectadores. Sólo a partir de esta escucha respetuosa y compasiva se pueden encontrar los caminos de un genuino crecimiento, despertar el deseo del ideal cristiano, las ansias de responder plenamente al amor de Dios y el anhelo de desarrollar lo mejor que Dios ha sembrado en la propia vida.




Papa Francisco 
Exhortación apostólica “Evangelii Gaudium / La alegría del Evangelio” §169, 171 (trad. © copyright Libreria Editrice Vaticana) 
Editado por: Marina F. Sierra

domingo, 22 de junio de 2014

VOCACION HUMANA A SER CUSTODIOS

35°Aniversario de la Proclamación de San Francisco de Asís, Patrono de la Ecología (19979-2014)



Lic. Fray Luis Antonio Scozzina ofm
Director del CEFEDER
UCA ROSARIO

Introducción

Desde la visión franciscana de la justicia ambiental quisiera ofrecer una interpretación del ministerio petrino del Papa Francisco desde su paradigmática homilía al iniciar su pontificado. Brevemente recorro la evolución del magisterio en la comprensión de la crisis ambiental y de la visión del magisterio latinoamericano  que en Aparecida asume como nueva categoría existencial la visión franciscana del “cuidado y reverencia de lo creado”

La homilía inaugural del Papa de su ministerio petrino nos permite percibir la nueva categoría de “cuidado” que propone en su magisterio desde la dimensión social de la Evangelización del capítulo IV de Evangelii Gaudium (177-216)[1]. Finalmente consideramos algunas “palabras y gestos” como signos proféticos del ministerio papal.

La misión de San José como custodio de la familia de Nazaret sugiere una doble dimensión: por un lado, la vocación humana de custodiar y por otro, que el cuidado de la creación comprende el cuidado de toda la humanidad, especialmente la más vulnerable.


“Pero la vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos. Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón. Es preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el tiempo, también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres. Es vivir con sinceridad las amistades, que son un recíproco protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. Sed custodios de los dones de Dios”[2].

Para comprender mejor la originalidad del planteo del Papa Francisco y descubrir la continuidad y el crecimiento del magisterio eclesial en su misión evangelizadora, retomamos algunas de las intervenciones más significativas del magisterio pontificio y latinoamericano en las últimas décadas.

II.      Mirada de la enseñanza social de la Iglesia


El magisterio papal ha manifestado, en las últimas décadas, una creciente preocupación por la cuestión ambiental y por el cuidado de la creación. Desde Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI  se ha profundizado la cuestión social desde la relación existente entre la dignidad humana, el desarrollo sostenible y el cuidado del medio ambiente. Los Pontífices son más conscientes de la dimensión global del problema, sus vínculos con la pobreza y la necesidad de dar una respuesta, tanto mundial como local.

Hagamos un breve recorrido de sus posturas:

a)    PABLO VI en la Conferencia de Estocolmo del año 1972 expresaba su visión  de un mundo en el que nuestra interdependencia medioambiental  entendida “como responsabilidad conjunta, y el destino común como solidaridad’[3]; donde los bienes de la tierra sean compartidos entre todos; donde se respete y cuide todo lo creado, por el bien común de las generaciones futuras.

b)   JUAN PABLO II  en el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del año 1990 profundiza la visión ambiental analizando que la causa fundamental del actual problema ecológico radica en el estilo de vida de una sociedad hedonista y consumista que destruye no sólo la naturaleza sino también, afecta la vida de las personas y de los pueblos. Al respecto afirmaba: “La sociedad actual no hallará una solución al problema ecológico si no revisa seriamente su estilo de vida. En muchas partes del mundo esta misma sociedad se inclina al hedonismo y al consumismo, pero permanece indiferente a los daños que éstos causan… Si falta el sentido del valor de la persona y de la vida humana, auméntale desinterés por los demás y por la tierra. La austeridad, la templanza, la autodisciplina y el espíritu de sacrificio deben conformar la vida de cada día a fin de que la mayoría no tenga que sufrir las consecuencias de la negligencia de unos pocos.[4]

En la audiencia del 17 de enero de 2001, después de la proclamación de la Carta de la Tierra por parte de ONU, el mismo Juan Pablo II, hace un fuerte llamado sobre la necesidad de una verdadera conversión ecológica; recordando el empeño que todos tenemos por alejar la catástrofe ecológica.

El Papa dice, que “el ser humano, de ministro del Creador ha pasado a ser un déspota autónomo de la creación. No sólo está en juego una ecología física atenta a cuidar del hábitat de los diferentes seres vivientes, sino también una ecología humana que haga más digna la existencia de las criaturas, protegiendo el bien fundamental de la vida en todas sus manifestaciones y preparando a las futuras generaciones un ambiente más cercano al proyecto del Creador."

Al hablar de conversión ecológica incorpora la exigencia de una ética ambiental para vivir la fidelidad a la misión de los cristianos en el mundo. Al mismo tiempo, pone en cuestión la aceptación ingenua de muchos creyentes al modelo y estilo de vida que ofrece la sociedad del consumo y del bienestar.

Conversión ecológica que implica una ecología humana donde el modo de pensar y de vivir estén en consonancia con los valores de solidaridad, frugalidad y austeridad  en el uso de los bienes creados.

En la declaración conjunta del Papa Juan Pablo II y el Patriarca Ecuménico Bartholomew I (2002); manifiesta la necesidad de una visión ecuménica e interreligiosa de la cuestión ambiental: “Necesitamos un nuevo enfoque y una nueva cultura, cuyo centro sea la persona, con todo lo creado e inspirada por una conducta ética y medioambiental, derivada de nuestra relación con Dios, con nosotros mismos y con la creación. Con semejante ética se fomenta la interdependencia y se potencian los principios de la solidaridad universal, la justicia social y la responsabilidad, con el fin de promover una verdadera cultura de la vida”.

c)    En el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (CDSI 451-487), del año 2004 el magisterio aborda de modo sistemático la cuestión ambiental bajo el título: “Salvaguardar el medio ambiente”. Allí desarrolla los fundamentos bíblicos; la visión con respecto al uso de la tierra, y al desarrollo de la ciencia y de la técnica. Fundamenta el origen de la crisis en la relación entre el hombre y el medio ambiente; y por último, hace una llamado a la responsabilidad ética común y como desafío para toda la humanidad.

d)    BENEDICTO XVI en Exhortación apostólica “Sacramentun caritatis” desarrolla el vínculo entre historia salvífica y creación: “…en la relación entre la Eucaristía y el universo descubrimos la unidad del plan de Dios y se nos invita a descubrir la relación profunda entre la creación y la “nueva creación”, inaugurada con la resurrección de Cristo, nuevo Adán. En ella participamos ya desde ahora en virtud del Bautismo, y así se le abre a nuestra vida cristiana, alimentada por la Eucaristía, la perspectiva del mundo nuevo, del nuevo cielo y de la nueva tierra, donde la nueva Jerusalén baja del cielo, desde Dios “ataviada como una novia que se adorna para su esposo[5]

El Papa, en Caritas in Veritate[6] insistió en la búsqueda de un desarrollo humano integral, profundiza la necesidad de un cambio en el modelo de desarrollo actual para proponer un desarrollo humano integral. Por ello afirma que "la protección del ambiente, la tutela de los recursos y del clima exigen que los responsables internacionales actúan conjuntamente en el respeto de la ley y de la solidaridad, sobre todo en las relaciones de las regiones más débiles de la tierra. Juntos podemos construir un desarrollo humano integral a beneficio de los pueblos, presentes y futuros, un desarrollo inspirado en los valores de la caridad y la verdad".
"Es indispensable convertir el actual modelo de desarrollo global hacia una más grande y compartida responsabilidad ante lo creado: lo exige no solo las emergencias ambientales, sino también el escándalo del hambre y la miseria".[7]

La conversión ecológica que Juan Pablo II proponía como un cambio de estilo de vida, es decir, pasar de un estilo de vida consumista a un estilo marcado por la sobriedad y la moderación en el uso y consumo; con Benedicto XVI se profundiza la dimensión de la conversión ecológica. Exige además, un cambio del modelo de desarrollo, donde es necesario “convertir el actual modelo de desarrollo” para “construir un desarrollo humano integral a beneficio de los pueblos, presentes y futuros...”

e) Visión del Documento de Aparecida (2007) [8]
Los Obispos latinoamericanos recogen la herencia cultural de los pueblos originarios  de respeto y veneración por la madre tierra y la lucha por la justicia social y la redistribución de la tierra como bien común. Además, asumen la categoría existencial y tan determinante de la antropología latinoamericana del “estar” en… de ser en relación con todos los seres vivientes… 
“Con los pueblos originarios de América, alabamos al Señor que creó el universo como espacio para la vida y la convivencia de todos sus hijos e hijas y nos los dejó como signo de su bondad y de su belleza. También la creación es manifestación del amor providente de Dios; nos ha sido entregada para que la cuidemos y la transformemos en fuente de vida digna para todos. Aunque hoy se ha generalizado una mayor valoración de la naturaleza, percibimos claramente de cuántas maneras el hombre amenaza y aún destruye su ‘hábitat’. “Nuestra hermana la madre tierra” es nuestra casa común y el lugar de la alianza de Dios con los seres humanos y con toda la creación. Desatender las mutuas relaciones y el equilibrio que Dios mismo estableció entre las realidades creadas, es una ofensa al Creador, un atentado contra la biodiversidad y, en definitiva, contra la vida. El discípulo misionero, a quien Dios le encargó la creación, debe contemplarla, cuidarla y utilizarla, respetando siempre el orden que le dio el Creador”. (DA 125)

La misión de los discípulos misioneros y de todos los hombres de buena voluntad, es recuperar la dimensión contemplativa de la vida, la mirada de cuidado y veneración por sobre la visión productivista y extrativista que nos impone un modelo de desarrollo extraño al sentir de los pueblos y al proyecto de Dios sobre la creación. “Como discípulos de Jesús, nos sentimos invitados a dar gracias por el don de la creación, reflejo de la sabiduría y belleza del Logos creador. En el designio maravilloso de Dios, el hombre y la mujer están llamados a vivir en comunión con Él, en comunión entre ellos y con toda la creación. El Dios de la vida encomendó al ser humano su obra creadora para que “la cultivara y la guardara” (Gn 2, 15). Jesús conocía bien la preocupación del Padre por las criaturas que Él alimenta (cf. Lc 12, 24) y embellece (cf. Lc 12, 27). Y, mientras andaba por los caminos de su tierra, no sólo se detenía a contemplar la hermosura de la naturaleza, sino que invitaba a sus discípulos a reconocer el mensaje escondido en las cosas (cf. Lc 12, 24-27; Jn 4, 35). Las criaturas del Padre le dan gloria “con su sola existencia”, y, por eso, el ser humano debe hacer uso de ellas con cuidado y delicadeza”.(DA 470)

Para encontrar caminos alternativos a los graves desafíos que origina el modelo de desarrollo extractivista vigente en nuestro continente me parece oportuno recuperar algunas de las orientaciones que la Iglesia latinoamericana como modo de acompañar una pastoral ambiental:

“a) Evangelizar a nuestros pueblos para descubrir el don de la creación, sabiéndola contemplar y cuidar como casa de todos los seres vivos y matriz de la vida del planeta, a fin de  ejercitar responsablemente el señorío humano sobre la tierra y los recursos, para que pueda rendir todos sus frutos en su destinación universal, educando para un estilo de vida de sobriedad y austeridad solidarias.
b) Profundizar la presencia pastoral en las poblaciones más frágiles y amenazadas por el desarrollo depredatorio, y apoyarlas en sus esfuerzos para lograr una equitativa distribución de la tierra, del agua y de los espacios urbanos.
c) Buscar un modelo de desarrollo alternativo[9], integral y solidario, basado en una ética que incluya la responsabilidad por una auténtica ecología natural y humana, que se fundamenta en el evangelio de la justicia, la solidaridad y el destino universal de los bienes, y que supere la lógica utilitarista e individualista, que no somete a criterios éticos los poderes económicos y tecnológicos. Por tanto, alentar a nuestros campesinos a que se organicen de tal manera que puedan lograr su justo reclamo.
d) Empeñar nuestros esfuerzos en la promulgación de políticas públicas y participaciones ciudadanas que garanticen la protección, conservación y restauración de la naturaleza.
e) Determinar medidas de monitoreo y control social sobre la aplicación en los países de los estándares ambientales internacionales. [10]





[1] Papa Francisco, Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium(EG) sobre El anuncio del Evangelio en el mundo actual, Roma 2013
[2] Papa Francisco, Homilía comienzo Ministerio petrino, Solemnidad de San José 2013
[3] Papa Pablo VI, Mensaje en la Conferencia de Estocolmo (1972)
[4] Juan Pablo II, Mensaje para la XXIII Jornada Mundial de la Paz, 1990
[5] Benedicto XVI, Sacramentun caritatis, 92 Exhortación apostólica 2007
[6] Benedicto XVI, Carta encíclica Caritas in veritate, 2009.
[7] Benedicto XVI, mensaje de agosto de 2009 (Cf. Carta encíclica Caritas in veritate, 2009. n°43-52)
[8] Documento conclusivo del Episcopado Latinoamericano, Aparecida, Brasil 2007
[9] Pablo VI, Populorum Progresio 20, “[El verdadero desarrollo] es el paso, para todos y cada uno, de unas condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas”.
[10] Cf. Documento de Aparecida, 474

Nota Editorial: Primera parte de “VOCACIÓN HUMANA A SER CUSTODIOS”. Las cinco entregas restantes  se  publicarán  semanalmente.
Editado por Marina F. Sierra

lunes, 16 de junio de 2014

Respuestas católicas a la Ecología

La preocupación de los católicos por el ambiente fue consolidada en el Mensaje de Juan Pablo II para la Jornada Mundial de la Paz de 1990. 
Tan grande fue el impacto de este documento que puso fin al debate, que si los católicos deben estar preocupados por el medio ambiente, cambiando la discusión a cómo los católicos deben expresar su cuidado por la Creación. 
Aunque la mayoría de los ambientalistas más convencionales apuntan a un crecimiento industrial desenfrenado y en  las decisiones erradas de la política pública, como agentes de nuestras crisis ecológicas, Juan Pablo II desafíó a todos los pueblos a reconocer una causa más profunda de estos males: el pecado, el egoísmo y la falta de respeto por la vida. Sostuvo que muchas de nuestras crisis ecológicas se originan a partir de nuestra comprensión desordenada de lo que significa ser  seres humanos en relación con Dios, con nuestros semejantes y con la creación.
 Juan Pablo II había instado a una mayor apertura a los valores del Evangelio como un medio para tomar decisiones ecológicamente sensatas. También describió los deberes éticos de los individuos y de las instituciones a todos los niveles: para las naciones del mundo cooperar  a nivel internacional en la gestión de los bienes de la tierra; a cada nación, cuidar de sus propios ciudadanos; y para cada individuo, de llevar un camino de formación en la responsabilidad ecológica hacia sí mismos, hacia los otros y hacia la tierra. Por último, recordó a los católicos “la seria obligación de cuidar toda la creación”, que expresa “la esperanza de que la inspiración de San Francisco nos ayude a conservar siempre vivo el sentido de “fraternidad” con todas las cosas, que Dios omnipotente ha creado.”
En los últimos años de su vida, Juan Pablo II, vinculó de manera más explícita la preocupación ecológica con los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, afirmando que la prosperidad humana era de tan vital importancia como el florecimiento biológico y físico de la creación. El “grito de la tierra” no puede estar separado del “grito de los pobres”. Su continua afirmación de la importancia del principio de “solidaridad”, con el reconocimiento ineludible de la interdependencia humana, demostró la compatibilidad tanto con la visión de Francisco como con aquella de una conciencia ecológica más amplia.
La atención a la ecología humana ha sido uno de los temas centrales de la enseñanza de Benedicto XVI. Él escribió: “La Iglesia tiene una responsabilidad con respecto a la creación y debe hacer valer esta responsabilidad en la esfera pública. Al hacerlo, no solo debe defender la tierra, sino que también el agua, el aire, como dones de la creación que pertenecen a todos.  Debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo” (Caritas in Veritate n.51).También señaló que: “además de la ecología de la naturaleza hay una ecología que podemos llamar “humana”, y que a su vez requiere una “ecología social”. Esto comporta que la humanidad, si tiene verdadero interés por la paz, debe tener siempre presente la interrelación entre la ecología natural, es decir el respeto por la naturaleza y la ecología humana. La experiencia demuestra que toda actitud irrespetuosa con el medio ambiente conlleva daños a la convivencia humana y viceversa. Cada vez se ve más claramente un nexo inseparable entre la paz con la creación y la paz entre los hombres “(Mensaje por la Jornada mundial de la Paz, 2007, n.8).
La preocupación de los católicos por el cuidado de la Creación ha continuado con el Papa Francisco. Ha señalado que “no es solo algo que Dios habló en los albores de la historia”, sino más bien algo que Dios “ha confiado a cada uno de nosotros como parte de su plan”.
El Papa Francisco también ha hablado de encontrar, en su homónimo, una continua inspiración ecológica: “Me ayuda a pensar en el nombre de Francisco, que nos enseña un profundo respeto por toda la Creación y la necesidad de protección por el medio ambiente, que con demasiada frecuencia, en lugar de ser utilizado para el bien común, lo explotamos en detrimento de los demás”. Claramente el Papa Francisco, como también sus antecesores, Juan Pablo II y Benedicto XVI, detecta claramente el fracaso moral en el corazón de la crisis ambiental y nos advierte que esa ceguera moral, si no se corrige, será de un gran costo: “Siempre que no somos capaces de cuidar de  la Creación, de nuestros hermanos y de nuestras hermanas, abriremos el camino a la destrucción y nuestros corazones se endurecerán.”

Editó: Marina Fiorino Sierra

¿Por qué Francisco tiene tanta atracción?

Nuestro fundador Francisco es considerado por muchos como ejemplo excepcional del cuidado Cristiano de la  creación.(1) En estos tiempos de crisis ecológica, científicos, líderes religiosos de otras confesiones, estudiosos y creyentes comunes y también no creyentes, han citado a Francisco como su inspirador. ¿Por qué Francisco tiene tanta atracción?
Primero, podemos indicar el amor apasionado y sensorial de Francisco por toda la creación, vista como obra de Dios. Su profundo aprecio por la belleza y la bondad del Creado lo llenaba de un amor y agradecimiento aún más profundo para Dios, fuente de abundancia, bendiciones y plenitud.

Segundo, Francisco experimentó la presencia de Dios en la Creación. Francisco intuyó que lo natural indica  participar de lo sobrenatural. Sintió que el Dios que se hizo carne en Jesucristo sigue siendo y siempre estará encarnado en el mundo. En otras palabras, la visión de la Creación de Francisco era sacramental y encarnada.  Francisco nos ofrece por lo tanto una afirmación alternativa de la Creación  a aquella  que enfatiza en la “mancha del pecado original”. Nos recuerda la bondad duradera e intrínseca de la creación, tanto como un flujo de salida como el hogar generativo de Dios. A este conocimiento de Francisco, hizo eco Juan Pablo II  en su Encíclica El Evangelio de la Vida (#83), en la cual él alaba “una mirada contemplativa” de “quien no pretende apoderarse de la realidad, sino que la acoge como un Don, descubriendo en todas las cosas el reflejo del creador y en cada persona su imagen viviente.”

Es el Cantico de las Creaturas la obra que mejor describe la expresión de Francisco en su relación con la Creación. Tal vez la característica más distintiva es el contacto que tiene con los elementos de la creación llamándolos “hermano” o “hermana”, revelando la profunda conexión que Francisco sintió con el mundo creado. Se deleitaba en el sol, contemplaba las estrellas, bailaba con el aire, dialogaba con el fuego, probó las maravillas del agua y acarició la tierra. El Cántico  es una celebración del amor de Dios que se manifiesta  en toda la creación y, a su vez, refleja las alabanzas de la creación. Esto da a conocer el reconocimiento de Francisco de la creación como una expresión del amor generoso de Dios. 

Todas las cosas creadas son signo y revelación (sacramento) del Creador, que deja una huella divina en todas partes. Como tal, la creación tiene un valor intrínseco, no por su valor material o instrumental para los seres humanos, sino por el hecho de haber sido  creado de Dios. Esta es la verdadera sabiduría ecológica. Aún más, el Cántico no puede entenderse aparte del amor de Francisco por Jesucristo, y su devoción a la Encarnación y a la Pasión. La humildad de Dios, que lo llevó a entrar en la Creación, ha ennoblecido infinitamente toda la creación.
En tercer lugar, Francisco modeló un camino para la acción contemplativa. Su modo devoto de compartir el dolor de los marginados, como el ejemplo con el leproso, lo movía a actuar con compasión. Él por lo tanto mediaba y encarnaba el amor permanente de Dios hacia Cristo resucitado siempre presente, aún escondido en los despreciados y rechazados.
El compromiso de Francisco en vivir la Buena Noticia de Jesucristo, unido a su apasionado amor por la creación, dio origen a una convincente conciencia religiosa y ecológica que lo ha vinculado a la justicia social con la justicia ecológica. Francisco no solo se esforzó por las relaciones justas entre los seres humanos, sino que también por las relaciones justas con las demás creaturas y con la tierra misma – incluso hasta el punto de “obedecer…. a cada bestia y cada animal salvaje” (Saludo a la Virtud, 14).
La visión y la vida de Francisco continúan siendo testigo perenne de una sabiduría ecológica, que los seres humanos, individual y colectivamente, pueden vivir una vida buena en  relación fraterna entre sí y con la tierra. Se entiende de modo correcto, su testimonio espiritual y ecológico puede unir a todas las personas de buena voluntad, para que juntos puedan participar en actividades más amplias para crear una sociedad (dando así respuesta a “el grito de los pobres”) y una ecósfera (dando así respuesta a “el grito de la tierra”) más sostenible.
[1] En 1979 el Papa Juan Pablo II nombró a San Francisco de Asís “patrono celestial de quienes promueven la ecología”. En el 35º aniversario de este gran evento, los miembros de la Comisión  Inter franciscana de JPIC Romanos VI, comparten esta reflexión de hermanos y hermanas franciscanas de todo en el mundo. 
Editado por Marina F. Sierra

lunes, 9 de junio de 2014

Texto de las palabras del Papa Francisco en el encuentro interreligioso por la paz



En los jardines del Vaticano hoy se ha celebrado una oración por la paz, convocada por el papa Francisco en su viaje a Tierra Santa. Al concluir la ceremonia en la que cada una de las delegaciones rezó según su creencia religiosa, el Santo Padre recordó que "para conseguir la paz, se necesita valor, mucho más que para hacer la guerra. Se necesita valor para decir sí al encuentro y no al enfrentamiento; sí al diálogo y no a la violencia; sí a la negociación y no a la hostilidad; sí al respeto de los pactos y no a las provocaciones; sí a la sinceridad y no a la doblez. Para todo esto se necesita valor, una gran fuerza de ánimo".

Y recordó que "hemos intentado muchas veces y durante muchos años resolver nuestros conflictos con nuestras fuerzas, y también con nuestras armas; tantos momentos de hostilidad y de oscuridad; tanta sangre derramada; tantas vidas destrozadas; tantas esperanzas abatidas... Pero nuestros esfuerzos han sido en vano". Y concluyó: "Ahora, Señor, ayúdanos tú. Danos tú la paz, enséñanos tú la paz, guíanos tú hacia la paz. Abre nuestros ojos y nuestros corazones, y danos la valentía para decir: «¡Nunca más la guerra»; «con la guerra, todo queda destruido». Infúndenos el valor de llevar a cabo gestos concretos para construir la paz".
A continuación las palabras del santo padre Francisco:
Señores presidentes
Los saludo con gran alegría, y deseo ofrecerles, a ustedes y a las distinguidas Delegaciones que les acompañan, la misma bienvenida calurosa que me han deparado en mi reciente peregrinación a Tierra Santa.
Gracias desde el fondo de mi corazón por haber aceptado mi invitación a venir aquí para implorar de Dios, juntos, el don de la paz. Espero que este encuentro sea el comienzo de un camino nuevo en busca de lo que une, para superar lo que divide.
Y gracias a Vuestra Santidad, venerado hermano Bartolomé, por estar aquí conmigo para recibir a estos ilustres huéspedes. Su participación es un gran don, un valioso apoyo, y es testimonio de la senda que, como cristianos, estamos siguiendo hacia la plena unidad.
Su presencia, señores presidentes, es un gran signo de fraternidad, que hacen como hijos de Abraham, y expresión concreta de confianza en Dios, Señor de la historia, que hoy nos mira como hermanos uno de otro, y desea conducirnos por sus vías.
Este encuentro nuestro para invocar la paz en Tierra Santa, en Medio Oriente y en todo el mundo, está acompañado por la oración de tantas personas, de diferentes culturas, naciones, lenguas y religiones: personas que han rezado por este encuentro y que ahora están unidos a nosotros en la misma invocación. Es un encuentro que responde al deseo ardiente de cuantos anhelan la paz, y sueñan con un mundo donde hombres y mujeres puedan vivir como hermanos y no como adversarios o enemigos.
Señores presidentes, el mundo es un legado que hemos recibido de nuestros antepasados, pero también un préstamo de nuestros hijos: hijos que están cansados y agotados por los conflictos y con ganas de llegar a los albores de la paz; hijos que nos piden derribar los muros de la enemistad y tomar el camino del diálogo y de la paz, para que triunfen el amor y la amistad.
Muchos, demasiados de estos hijos han caído víctimas inocentes de la guerra y de la violencia, plantas arrancadas en plena floración. Es deber nuestro lograr que su sacrificio no sea en vano. Que su memoria nos infunda el valor de la paz, la fuerza de perseverar en el diálogo a toda costa, la paciencia para tejer día tras día el entramado cada vez más robusto de una convivencia respetuosa y pacífica, para gloria de Dios y el bien de todos.

Para conseguir la paz, se necesita valor, mucho más que para hacer la guerra. Se necesita valor para decir sí al encuentro y no al enfrentamiento; sí al diálogo y no a la violencia; sí a la negociación y no a la hostilidad; sí al respeto de los pactos y no a las provocaciones; sí a la sinceridad y no a la doblez. Para todo esto se necesita valor, una gran fuerza de ánimo.
La historia nos enseña que nuestras fuerzas por sí solas no son suficientes. Más de una vez hemos estado cerca de la paz, pero el maligno, por diversos medios, ha conseguido impedirla. Por eso estamos aquí, porque sabemos y creemos que necesitamos la ayuda de Dios. No renunciamos a nuestras responsabilidades, pero invocamos a Dios como un acto de suprema responsabilidad, de cara a nuestras conciencias y de frente a nuestros pueblos. Hemos escuchado una llamada, y debemos responder: la llamada a romper la espiral del odio y la violencia; a doblegarla con una sola palabra: «hermano». Pero para decir esta palabra, todos debemos levantar la mirada al cielo, y reconocernos hijos de un mismo Padre.
A él me dirijo yo, en el Espíritu de Jesucristo, pidiendo la intercesión de la Virgen María, hija de Tierra Santa y Madre nuestra. Señor, Dios de paz, escucha nuestra súplica.
Hemos intentado muchas veces y durante muchos años resolver nuestros conflictos con nuestras fuerzas, y también con nuestras armas; tantos momentos de hostilidad y de oscuridad; tanta sangre derramada; tantas vidas destrozadas; tantas esperanzas abatidas... Pero nuestros esfuerzos han sido en vano. Ahora, Señor, ayúdanos tú. Danos tú la paz, enséñanos tú la paz, guíanos tú hacia la paz. Abre nuestros ojos y nuestros corazones, y danos la valentía para decir: «¡Nunca más la guerra»; «con la guerra, todo queda destruido». Infúndenos el valor de llevar a cabo gestos concretos para construir la paz.

Señor, Dios de Abraham y los Profetas, Dios amor que nos has creado y nos llamas a vivir como hermanos, danos la fuerza para ser cada día artesanos de la paz; danos la capacidad de mirar con benevolencia a todos los hermanos que encontramos en nuestro camino. Haznos disponibles para escuchar el clamor de nuestros ciudadanos que nos piden transformar nuestras armas en instrumentos de paz, nuestros temores en confianza y nuestras tensiones en perdón. Mantén encendida en nosotros la llama de la esperanza para tomar con paciente perseverancia opciones de diálogo y reconciliación, para que finalmente triunfe la paz.

Y que sean desterradas del corazón de todo hombre estas palabras: división, odio, guerra. Señor, desarma la lengua y las manos, renueva los corazones y las mentes, para que la palabra que nos lleva al encuentro sea siempre «hermano», y el estilo de nuestra vida se convierta en shalom, paz, salam. Amén.